¿Hay acaso un concepto más extraño? ¿Más ilógico? ¿Más hermoso y aterrador?
Recuerdo una noche de luna llena. Una fogata mantenía el frío a raya, mientras el vino me daba el coraje que necesitaba para no volver corriendo a tus brazos. Yo era otro, y tú también. Yo era un tonto que se negaba a aceptar su destino, y tú eras la mujer más poderosa del mundo. Huía de ti. No recuerdo cuántos meses llevaba haciéndolo, y estaba agotado, dejando que las llamas acariciaran mi golpeada voluntad, cuando uno de los sabuesos de los dioses me encontró.
Por un segundo pensé que tendría que luchar por mi vida, pero en lugar de llevarme arrastrando hasta tus pies, solo se sentó conmigo y hablamos sobre lo aterradora que es la inmortalidad. Él lamentaba saber que, tarde o temprano, perdería a todas las personas que amaba. Yo, que ya había renunciado a mis títulos y poderes, solo lo miré apenado, agradecido de nunca sufrir semejante castigo.
Entre los dos terminamos el vino y, antes del amanecer, él se marchó en paz. Pero antes, miró mi alma una última vez y, con verdadera tristeza, me dijo:
“...pero el tuyo es un destino aún peor”.
Desde la sabiduría miro hacia el pasado y solo puedo pensar:
“Pobre de aquel tonto mago que confundió las palabras del cazador.”
Incontables vidas llevo atado a este destino. Estudiando estas marcas que mi alma carga, besos brillando en preciosos colores, los anclajes de estas cadenas que me atan a la magia de mis propias palabras, a una promesa tan antigua como todas las historias:
Nacer para encontrarte,
encontrarte para amarte,
amarte para tenerte,
tenerte para disfrutarte,
disfrutarte para caer en la peor agonía al perderte,
morir y comenzar de nuevo.
¿Cuántas vidas han sido ya? ¿Cuántas serán al final? ¿Cuántas veces nos hemos encontrado para amarnos con una pasión desbocada, jurando que nuestro amor será por siempre? ¿Cuántas veces nos separamos de la manera más dolorosa que existe? ¿Cuántas veces sentí el gozo de tus labios? ¿Cuántas veces los perdí para caer en la locura del dolor?
Sé muy bien que este es mi hermoso castigo. Aún recuerdo sus atronadoras voces maldiciéndome, furiosos conmigo por haber roto la única regla que me habían puesto. Pero, ¿acaso el castigo es justo ante mi crimen? Ellos, que lo saben todo, que pueden ver dentro del alma de los mortales, me prohibieron la única cosa que sabían que yo no podía evitar hacer.
¡Y aun así fue tan solo una palabra! ¡Lo admito! ¡Robé del libro de los dioses! ¡Los engañé para robarles una palabra! Abrí aquel cuaderno negro. Recorrí sus páginas doradas y aprendí uno de los gloriosos nombres.
El amor real es el máximo castigo de los dioses.
Es un elixir divino y es cianuro para el corazón humano.
Como la sangre de unicornio, que puede salvarnos de la herida más terrible para luego atarnos a un hambre atroz, el amor es una fuerza imparable y terrible.
Recuerdo la primera vez que te vi, como si un rayo de Ishkur cayera sobre mi cabeza, postrándome de rodillas ante tu impactante belleza: tus ojos, que parecían ver dentro de mi corazón, y tu seductora sonrisa. Lo admito, ¡fui tuyo con solo una mirada!
Incontables veces se ha repetido aquel momento. Diferentes eras, lugares, nombres, rostros... Pero siempre el mismo rayo. Siempre la misma mirada. Siempre la misma sonrisa que hace que mi corazón comience a latir de verdad, que enciende los fuegos de mi alma y me recuerda que siempre he sido tuyo.
¿He intentado romper este hechizo? ¡Por supuesto que lo he intentado! Incontables vidas he intentado rebelarme contra los rojos listones que me atan a ti. ¡Pero he fracasado en cada una de ellas!
¿Cómo oponerme al aire que debo respirar? ¿Al agua que necesito beber? ¿Al prana que hace que mi corazón siga latiendo?
¿Cómo oponerme a ti cuando un solo beso tuyo me pone de rodillas, un “te quiero” que me dices me hace entregar mis armas, y un “te amo” que susurras me lleva a besarte los pies?
¿Eres acaso consciente del poder que aún tienes sobre mí?
¿Recuerdas cada uno de nuestros encuentros? ¿Recuerdas cada una de nuestras despedidas?
No puedo evitar preguntarme si estaré aún más loco de lo que todos pensaron, por disfrutar de la condena que me impusieron. No quiero imaginar qué habría hecho si Enki me hubiera perdonado. ¡Seguramente lo haría de nuevo para rogar por el mismo castigo!
El mismo dulce castigo,
el mismo perfecto castigo,
el mismo glorioso castigo.
Porque el dolor de perderte vale cada segundo hasta ese momento.
Porque ya no le temo a la muerte, sabiendo que al abrir los ojos comenzará mi viaje para verte de nuevo.
Y aquí estoy, ebrio otra vez, lejos de ti, lamentando la distancia que me quita el aire y detiene mi corazón. Vaciando vaso tras vaso en mi garganta, mientras con una sonrisa repito una y otra vez aquella palabra que robé del libro de los dioses, preguntándome si será una casualidad o su forma de castigarme...
¿Por qué el verdadero nombre del amor es tu nombre?
Comentarios
Publicar un comentario